Para ser iguales en derechos y libres de toda opresión

14 - 09 - 09

Por Rafo León

Desde hace bastante tiempo que solo puedo confiar en una persona para cierto tipo de temas, una vez que la he mirado a los ojos y hemos intercambiado la cantidad suficiente de palabras como para darme cuenta de que no habla demasiado ni intenta convencerme de nada.

Si se me perdona la arrogancia, el sacerdote cajamarquino Marcos Arana pasó la prueba, y muy bien, hace cosa de tres años, cuando nos conocimos durante la alucinada celebración del Domingo de Ramos en el pueblo de Porcón, un enclave quechua en la sierra norte compuesto por gentes reservadas y hostiles que ignoran su origen y por supuesto, su destino: ningún grupo "no moderno" en el Perú de hoy puede garantizarse siquiera unos años de continuidad con su propia vida, todos los ancestros, todos los patrimonios, todos los legados se están acabando a cambio de las miserables contribuciones de la industria extractiva y el turismo. Pero bueno, era de noche y en la casa del mayordomo de la celebración se adoraba un altar compuesto de infinidad de elementos cristianos y precolombinos.

Un grupo de ancianos, que cumplen la función de "apostóles", leía salmos manuscritos en libros centenarios escritos por otros ancianos como ellos, unas estrofas sin aparente sentido, en media lengua comprensible, con una unción intensa producida tanto por la fe como por el aguardiente. La habitación asfixiaba, el olor a cuerpo, a poncho, a tufo alcohólico, a velas ardiendo.

Nos saludamos el padre Arana y yo, era demasiado obvio que nos conocíamos por foto, por televisión o lo que fuera como para hacernos los sobrados. Me contó que él había sido párroco de Porcón y que trataba de no faltar a las celebraciones de Semana Santa, también por una cuestión espiritual suya y no solo por acompañar a la que había sido su feligresía.

Quise evitar en ese momento entrar a una conversación sobre el tema que lo venía identificando ante la opinión pública, como era el de su participación del lado de los campesinos frente a los avances de una minería depredadora, con nula capacidad de diálogo y a todas luces entramada con los gobiernos de turno para verse libre de cualquier tipo de freno. La minería de Choropampa y el cerro Quilish. No me parecía el momento para preguntarle cómo iba todo eso, a pesar de que es un tema en el que siempre he intentado detenerme porque estoy convencido que en las relaciones entre la industria extractiva y las poblaciones locales es que se jugará la viabilidad del Perú en los próximos años.

La tensión dramática del momento era demasiado fuerte como para entrar a una cháchara política que bien podíamos pasarla para el día siguiente. Recuerdo que él y yo, en un rincón de la habitación, presenciábamos los acontecimientos rituales en silencio y -me parecía- con una necesaria distancia. Bastante rato más tarde lo invité a salir al patio de la casa para fumarnos un cigarrillo y me lo aceptó. El patio, empedrado, estaba rodeado por un pasadizo techado en forma ele donde por la tarde una inmensa cantidad de gente se había sentado a comer sobre el suelo, los platos de greda colocados sobre unas mantas larguísimas, coloridas, con toda seguridad el remanente de una costumbre anterior al cristianismo.

Cuando salí con el cura Arana a fumar, el espacio nocturno bajo la luna reventaba de borrachos y de mujeres que sentadas por aquí y por allá, envueltas en rebozos, con sus niños colgando del cuerpo, esperaban algo. ¿Qué? No recuerdo si Arana fumó pero cuando yo di la primera chupada a mi pucho, ya le estaba preguntando por el sentido o sinsentido que él había encontrado durante su servicio en Porcón, en una celebración tan teñida de elementos prosaicos y a la vez, tan entramada en los arcanos viejísimos de una fe con pozos de profundidad pocas veces vistos por mí.

Le pregunté el por qué de los espejos que adornan las enormes cruces de grandes hojas verdes que se sacan en procesión. Me habló del agua, de cómo en los espejos se refleja la realidad como en los cuerpos de agua naturales, de cómo al encuadrar y limitar el agua en el marco de madera de un espejo se le está también poniendo un encuadre al elemento para que no se vaya, para que siga acompañando al hombre en la tarea indispensable de cultivar la tierra y obtener frutos de ella de una manera que asegure la fertilidad, sin dañar, sin contaminar. Pasó de ahí Arana a una elaboración antropológica sobre la relación entre ecología y representación religiosa que tratar de resumir en estas líneas me resultaría imposible, por su complejidad. Tengo por ahí las anotaciones que iba haciendo a lo que escuchaba y también ciertas apostillas que iba añadiendo en las que reseñaba mi sorpresa ante la cultura y sofisticación de pensamiento del joven sacerdote a quien yo había visto como un activista católico hijo de la Teología de la Liberación y punto.

Pero no, navegante, había mucho más que ese punto, ya lo descubrirá en la continuación de este post.

Seguimos charlando o mejor, yo continué escuchando al cura Arana darme una interpretación de la fiesta de Ramos de Porcón con una serie de entradas que relacionaban lo ideológico con las relaciones de los campesinos con la naturaleza, de una coherencia impecable que hablaba no solamente de un conocimiento directo de la realidad a la que se estaba remitiendo, sino también de un antecedente académico solvente.

Es tradicional en Porcón que la velación a las cruces que saldrán por la mañana tome la noche entera. No llegamos a amanecernos Arana y yo conversando pero casi. Hacía frío, había que dormir y cada uno se fue a su casa, para poder regresar de madrugada y participar en el pasmoso espectáculo de decenas de cruces brillando al sol con el efecto de los espejos, desplazándose como mariposas de tierra gigantescas sobre una campiña llena de verdes acuosos que huelen a tierra mojada.

Cuando me desperté, pocas horas después de haberme acostado, lo primero que recordé fue la conversación con el curita y las últimas frases, casi de despedida. Le había preguntado por qué en una fiesta de tanto arraigo en la zona, no se hacía presente pero ni para cumplir, ninguno de los ejecutivos de la minera. "Porque este es un asunto de cholos, me contestó sin ironía, en ese sentido las cosas no han cambiado demasiado en relación a la época de los terratenientes de horca y cuchillo. Chau Rafo, ya nos vemos". Pero ya no nos vimos.

Desde aquella vez he estado atento a toda información pública en la que Arana aparece, porque es obvio que el personaje me había parecido más que interesante. Lo leía en sus columnas de La República (mientras salieron, ya no), buscaba sus declaraciones cada vez que se agitaban los conflictos mineros en Cajamarca, estuve muy alerta a la denuncia sobre reglaje que apareció en los medios, un seguimiento mafioso que le habría hecho Yanacocha a través de la empresa de seguridad con que la minera trabaja.

Mis coincidencias con Arana crecían a medida que iba conociendo su posición frente a la minería. Sobre todo, en eso de exigir que la actividad extractiva se ciña a los estándares de seguridad y responsabilidad social a que se aviene en países más exigentes que el nuestro, lo que sobreentiende que no hay en el pensamiento del cura una opción radical anti minera. Y eso sí se lo creo.

Cuando Arana lideró la defensa del cerro Quilish y se le acusó, para mencionar el más suave de los epítetos, de estar apoyando el pensamiento mágico de campesinos desfasados de la historia, yo sabía que tarde o temprano iba a saltar la realidad, y así fue. Se comprobó que el temor a la contaminación del acuífero cajamarquino en caso se explotara el Quilish no tenía nada de mágico, era absolutamente probable, tanto que Yanacocha desistió de continuar con el proyecto pues la tensión con las poblaciones iba a llevar el asunto a un callejón sin salida con episodios de violencia previsiblemente bravos.

En ese momento la seriedad de Arana acotó un nivel más alto en mi percepción, y empecé a verlo como a un potencial líder de los que no tenemos en el Perú desde hace décadas. El asunto es que, tal como yo ya lo suponía, Marcos Arana decidió saltar a la arena política y lanzarse a inscribir un partido, Tierra y Libertad, con el cual participar en las próximas elecciones generales, con el mismo Arana como candidato a la presidencia de la República.

Para mí, en lugar de que la noticia sellara la coherencia de mi propia lógica y me creara entusiasmo, fue como si se bajara el soufflé en el horno, algo se aguó, algo se derrumbó como dice la balada. ¿Y qué fue eso que patinó a pesar de que de alguna manera yo lo había estado esperando? La desconfianza en la política. La posibilidad de encontrar a un personaje sumamente interesante, entreverado con la gentuza que desde hace demasiado tiempo define la clase política que nos gobierna.

La certeza de que al verlo declarar en los medios desde ese momento en adelante, me iba a remitir a las leguleyadas y a las pendejadas de las que se valen los congresistas y los ministros y los oficialistas y los opositores para poder mantenerse lactando de la teta del poder. Debo confesar (si estamos hablando de un cura, además) que me ha preocupado este cambio de impresión mío frente a Arana.

No tengo ningún elemento objetivo como para afirmar que el cura ya haya entrado a la cuchipanda politiquera y sin embargo, de alguna extraña manera ya lo estoy descalificando. De pronto el problema, antes que de él, es mío, por no atreverme a cambiar un punto de vista que en el fondo hasta me resulta cómodo, que consiste en alinearse con casi todo el país en el descrédito por la política. De repente lo que toca más bien es ensuciarse las manos y tomar el riesgo y meter las narices ahí donde más apesta, para quitarle las riendas a tanta gente corrupta, ignorante, improvisada y cortoplacista. No lo sé, son mares de dudas y cuando digo mares, relevo la magnitud y el tamaño de ellas.

Pues no descartaría tener una segunda conversación con Marcos Arana, pero esta vez ya no sobre los rituales del agua sino sobre las bases de Tierra y Libertad, los espacios del partido para gente de pensamiento del todo independiente pero afín a la preocupación ambientalista. ¿Por qué no? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Habla, navegante.

Fuente: Revista Caretas#Post_198


Publicado por jota.ele @ 16:05  | Actualidad
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